El río ríe tras de mí. Al frente, unos maderos ondulean formando un vallado que desune el verde del borde de otro verde más frondoso tras de sí.
Desde el banco forestal que me sostiene un roble y un castaño flanquean la panorámica; sus hojas no se mueven en las copas y sin embargo se percibe una brisa leve, levísima. Debo cerrar los ojos para apreciar su caricia en mi piel, suave, fresca, contagiada un punto de la risa de ese río que ríe dulce y quedo tras de mí.
Hace cuatro meses que no veo a Vega, que no sé nada de ella. Con los ojos aún cerrados dejo que me atraviesen el dolor y el peso de su ausencia, del silencio espeso, de todo lo que no entiendo. Sin buscarlo brota el recuerdo de su balbuceo, de aquel gorjear de fondo que escuché por primera vez a través de un teléfono a finales de febrero frente al Velázquez que guarda el Prado. Me emociono mientras el balbuceo de mi niña, colmado de curiosidad, se entremezcla en delicada armonía con la risa del río que ríe cristalino tras de mí.
Sonrío. Sé que poetizo mi dolor. Supongo que para darle forma más sólida y evitar así que me inunde; para posarlo en el pecho y apartarlo del rostro y poder así ver y sentir más allá de él. Tal vez también para eludirlo un poco, sí, o para atenuarlo quizá; embellecerlo mientras me arde. Siento cerca el momento de tornar el dolor en prosa y dejar que la poesía forme apenas una estela tras él.
La prosa mirará de frente, se abrirá camino como un rompehielos y hará volar las ascuas de melancolía que humearán al contacto con el frío y se desvanecerán en el aire, atrás, siempre atrás. Sólo dolor que acompaña. Sí, siento que este octavo cumpleluna es despedida de esta poesía que tamiza mi sentir con mullidos afiches. Y aún restan abrazos que escuchan, más deliciosos que la poesía y más tangibles, capaces de sostener, a veces sin siquiera saberlo, el peso de mi dolor aun por un instante; un descanso inmerecido y por ello más precioso que agradezco, que me permite coger aire, estirar el cuello, respirar profundo y retomar el paso y el peso con fuerza y ánimo renovados. Aún restan la sonrisa y los ojos brillantes de Vega tatuados en mi memoria y el tacto y el aroma de su cabeza diminuta en mis manos. Aún resta la ternura de sus otros dos hermanos que sin conocerla la presienten y la protegen con su ingenua fascinación y con sus risas, empapando de colores el camino ante sí.




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