Yo te ofrezco mi amistad, Vega, aunque en esta séptima luna tuya lo que apenas podrás percibir, si algo más allá del tiempo y del espacio, es mi amor. Un amor inquebrantable, inmarcesible, sí; teñido aún de distancia y de silencio que como bruma desdibujan tu sonrisa y hasta tu aroma. Has debido crecer tanto en estos meses.

Y sí, es mi amistad la que te ofrezco y no mero amor. Le he dado tantas vueltas al amor estos últimos meses en los que he sentido romperse el último pedazo de confianza, de ingenuidad tal vez. ¿O era el penúltimo? He encontrado que uno puede amar con intensidad, con pasión, deseando lo mejor para el otro, dispuesto a ayudar a crecer y a brillar a ese otro al que uno ama y a pelear hasta la extenuación por sostener su sonrisa. Pero uno puede amar también una idea o un objeto con equivalente pasión y devoción. Y es extraño. El amor, digo. Porque el amor teme la pérdida, el amor desconfía; el amor inventa escenarios donde él mismo se rompe en pedazos y hasta los crea. Tal parece que el amor desplaza la felicidad de uno fuera de uno mismo y la ubica en ese otro sin cuya presencia física o imaginaria (hay quien guarda obras de arte en cajas fuertes) uno dejaría de ser lo que es, de sentir lo que siente.

Hay un sentimiento mucho más profundo, hermoso y genuino que el amor y es la amistad. La amistad completa que diría Aristóteles; no la útil o la simplemente placentera; no la que busca algo con que completarse uno o con quien entretenerse sino aquella amistad que es una entrega libre al otro, completa, sin condiciones, sin perderse uno mismo en esa entrega y al tiempo dispuesto a sostener hasta la última consecuencia las batallas necesarias de ese otro y su propia felicidad. A veces se confunden amor y amistad. Hay quien nombra Amor, así, con mayúsculas, a esa amistad completa pero esta sustitución siempre lleva a equívoco; el amor no puede reciprocarse y si lo hace es obsesivo, posesivo, intransigente, desconfiado. La amistad no teme ni desconfía, no exige ni posee, no puede aplicarse a un objeto o a una idea, salvo metafóricamente, y sí puede en cambio descubrirse reciprocada en el otro -aunque en su genuina valentía y generosidad la verdadera amistad nunca busque o espere esa reciprocidad.

Y ay, sí, cuando esa amistad es recíproca el mundo se ilumina y revela mil matices evidentes que sin ella no podemos, por algún motivo, saborear. Y es extraña. La amistad, digo. En este último año la vida me ha devuelto y me ha regalado amistades preciosas, sorprendentes, inesperadas, siempre inmerecidas. Y no, no es la reciprocidad lo que más ilumina en realidad sino la propia entrega; ese salto al vacío en el que uno deja de buscar dónde hacer pie y comienza a caminar en la bruma, sobre ella, flotando en realidad, con los ojos abiertos; volando y, sin pretenderlo, disipando con el vuelo la neblina.

La reciprocidad es un regalo adicional, siempre inmerecido, no consecuencia de la entrega que no busca ganancia aunque siempre la encuentre sin buscarla; no es mero amor; no es simple deseo, ni es necesidad; no es débito, sublimación o agradecimiento. La reciprocidad es un regalo del otro que transforma la entrega en vínculo. Con él la melodía propia se convierte en armonía que por su genuina belleza se integra en la música de fondo de la vida y es entonces cuando la Magia se hace evidente con sus mil y una sincronicidades imposibles pero ciertas que revelan tras la fina tela de la realidad tangible un vínculo sutil con cada criatura y objeto de este universo.

Sí, tal vez me haya excedido en mis conversaciones con Jung últimamente. O con los aromas del Diván de Hafez, ese oráculo cuyas rimas resuenan aún como música, más sugerente que las líneas del I-Ching, los arquetipos del tarot, las constelaciones familiares, la numerología o el discurrir de los astros. O tal vez el recuerdo lejano de la magia que acompañaba a aquel hogar que surgía en cada abrazo empape hoy de alguna forma este hogar ubicuo que ilumina de nuevo el mundo con sus chispas de felicidad. O tal vez seas sólo tú, Vega, y este anhelo de que puedas sentir la genuina belleza del vínculo que sin condiciones te ofrezco.     

Ay, pero sí; uno puede amarlo todo, al universo tanto como a uno mismo; al otro tanto como al sol o a la luna -o a esta pluma con la que escribo. Ah, pero la amistad, esa profunda, completa, generosa, valiente, incondicional, ah, esa amistad, esa entrega, ese salto cambia por completo la forma en que percibimos el mundo y nos relacionamos con él. Y cuando esa amistad es reciprocada entonces se torna regalo, una fortuna siempre inmerecida, el tesoro pirata que no precisa guardarse o esconderse, que brilla con luz propia e ilumina la mirada de quien lo encuentra.

Mi amistad ya la tienes, Vega, aun cuando hasta ahora sólo encuentre la forma de un mero amor no correspondido -sin la caricia de mis besos. Sé que la sentirás si es que no la intuyes ya en cada brisa, en cada baile de tu mano en el aire. Y sí; ya verás tú más luego qué hacer con ella.

Feliz cumpleluna, pequeña.

  • Imágenes de FreeBeat: Hoy cumples seis lunas

Music w/ SUNO

«hoy cumples seis lunas, pequeña, seis lunas con tan tan poquitos soles; seis lunas que iluminan mis oscuras noches, racimito de luces de niña risueña»

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