





Tras la inspiración de Giorgione, la finura de Tiziano o la sensualidad de la Gentilschi, la arrebatadora maestría de Velázquez -en una España todavía cohibida por la desnudez- es un remanso, una orilla, una sugerencia palpable, una sonrisa velada, una delicia maestra a la que regreso con curiosidad y que me arrastra indefectiblemente a otras dos obras del mismo Diego que me tienen boquiabierto desde hace meses; su hilarante y patético y magnífico Marte y el fascinante, hipnótico y desnudo espacio de Las Meninas.





Puedes comentar aquí