Hoy tu luna llena es roja. La Tierra  se encuentra justo entre ella y el sol. La luz del sol se dispersa al contacto con nuestra atmósfera pero no así las ondas largas del color rojo; estas abrazan la tierra y alcanzan la luna esta noche iluminándola sin otros colores añadidos que se sumen para volverla finalmente blanca. La menor dispersión del rojo en nuestra atmósfera es el motivo también por el que nuestros amaneceres y atardeceres tornan el cielo en su bellísimo rojo.

Ayer me hizo cantar, ¿sabes? La luna, sí. Iba conduciendo y apareció, prácticamente llena, frente a mí, por encima de bosques y colinas, hermosa, blanca y enorme. Empecé a cantar una canción improvisada al verla. Empecé a cantarte. Y a abrazarte. A besar de su blanca faz la luz que te estaría iluminando también a ti. Una extraña felicidad la de sentirte de pronto tan cerca. Y canté, sí, imaginándote entre el volante y mi pecho. Aún recuerdo la melodía, casi como en un sueño, y su ritmo vivo, su tono melancólico y su alegría innegable.

Hoy en cambio los ojos se me empañan sin motivo aparente. He hablado, he reído, he leído; he besado a tus hermanos, paseado por un sendero arbolado con su techo de hojas y ramas, he acariciado el orbayo y he dormido, aunque olvidé comer. Me he dejado llevar por las disparatadas líneas plenas de sentido de Bulgákov sólo para volver a ti, a preguntarme de nuevo si ya gateas, si te sientas erguida, si reconoces tu nombre, si balbuceas sonidos con sentido; a imaginarme cuánto has cambiado desde que te vi, cuánto has crecido, de qué manera el brillo de tu mirada se ha vuelto más intenso si cabe; a sentir de nuevo tu aroma, tu cabeza en mi mano y el tacto de tus dedos…

Gilgamesh espera su turno y también el elogio de Aprile al imbécil. Huxley y Montaigne aún me acompañan, igual que Epicuro. Y entre mudanzas y despedidas, burocracias y abrazos, escritos y canciones, sí, hoy los ojos, por algún motivo, se me empañan una y otra vez.

El dolor por no poder verte aún, por no saber nada de ti desde hace meses lo aprendo a reubicar; parece un dolor domesticado, uno conocido que me acompaña y que a veces me hace suspirar pero uno al que he conseguido mirar de frente sin queja, sin reproche, sin culpa, con paciencia. El dolor por no poder hacerte llegar con un beso y un abrazo lo que siento no; el no poder estar para ti, ayudándote a crecer, a reír, consolándote cuando te asustas, distrayéndote cuando lo necesitas, durmiéndote en mis brazos y permitiéndote saber querida también desde aquí, ay, ese permanece. Ese dolor quema. Es rojo como esta luna. Y como ella, es también hermoso en el fondo. Porque en ese fondo sé que me sientes, que me sabes.

Sí. Sé que, como el rojo que ilumina esta noche a la luna, hay una vibración larga de afecto profundo, de emoción sincera que no se interrumpe ni aunque la Tierra entera se interponga y que te ilumina sin duda, que te acaricia. Y aunque mis ojos se vuelven a empañar mientras te escribo la sonrisa permanece sincera, entera, sabiendo que la sientes aunque no puedas imaginar aún de dónde llega.

Las Rozas, agosto de 2026

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