«Tienes potestad sobre lo que haces, nunca sobre los frutos de lo que haces. Así, no conviertas los resultados en tu motivo y no te apegues a la inacción»
Bhagavad Gita, 2.47
Es sutil pero transformador. Y no ha sido el único motor de cambio estos días pero sí ha puesto en palabras lo que semanas antes era una pulsión no entendida y contra la que sin plena consciencia me peleaba. Desnudarse como acto de amor; sin motivo, sin objetivo. No con cualquiera pero sí por completo, permitiendo que la intimidad se desborde sin miedo ni culpa ni falsa protección contra el dolor.
El efecto ha sido devastador. Llevo una semana durmiendo sin fin, haciendo con alegría, desayunando amaneceres frescos y brillantes preñados de nuevas luces y aromas que este otoño transformador hace explotar con divertida prudencia. Se me ha caído, sí, y la he recogido con ternura para guardarla y no olvidarla; se me ha caído la manta de dolor con la que llevaba tanto tiempo arropándome. Y ha sido tanta y tan hermosa la ayuda que, inmerecida, me han regalado. El sueño me atrapa sin casi aviso, con dulzura renovadora, y duermo profundo y largo para despertar descansado y a destiempo. Por fin.
He hecho daño en el camino, sí. Y he recibido sin embargo más ternura y cariño del que jamás podría llegar a merecer. Y es que la Fortuna es siempre un regalo inmerecido. Esa es su magia. Y en su magia me zambullo sin ropajes, escudos o caretas; sólo piel que invita a sentir este presente, a ser y a estar, vivo, qué milagro, y a caminar con dirección disfrutando cada paso. Volando también, lo confieso, aunque sin dejar de hundir los pies en la mullida tierra para no perder el rumbo.
Pedro Capó me cantaba esta mañana con plena intención, posando las palabras desde una mano luminosa:
«No sólo sé caer; también sé levantarme»
Ay. Tu madre es excepcional, ¿sabes?, aunque no haya conseguido encontrar aún la forma de abrirme a mí un hueco en tu vida. Y es que no es fácil. Y aunque en esa dificultad me pierdo el regalo de tu día a día seguimos desbrozando poco a poco el camino que pueda acercarme a ti, con decisión y mimo en cada acto y con hoy presente y no un mañana soñado.
Tiene gracia echar de menos la cotidianeidad contigo, una cotidianeidad que sólo puedo inventar. Echaba también de menos la cotidianeidad con tu madre aunque apenas la rozásemos una sola vez; un delicioso y lejano ya instante, sí, de cotidianeidad con ella que inesperadamente te dio vida a ti, Vega.
Hoy, en esta décima luna llena tuya, me acerco a este espacio con una alegría palpitante e inquieta, con las mismas ganas bonitas de abrazarte, preparado para el momento, llegue cuando llegue, en que abrazarte no sea excepción y sorpresa sino maravillosa cotidianeidad. Como la que comparto con Patri y Luca, haciendo, sí, que cada acto sea relevante y hermoso por sí mismo y no por la mera posibilidad de generar un futuro deseado. Esta noche se han dormido a mi lado; Patri en mi hombro, Luca en un abrazo, y ambos sonreían cuando les atrapó el sueño.
Tu ausencia me enseña a sentir con mayor intensidad si cabe, con mayor delicia y agradecimiento, cada Fortuna, cada milagro, cada encuentro. Tu existencia vibra en mí y me renueva. Mañana es mera posibilidad hacia la que camino sin saber a ciencia cierta dónde llevará este andar. Por ello cada paso es inmenso, eterno; una preciosa vibración cuyo eco resuena con sutil dulzura en la sinfonía del universo. Qué difícil resulta explicar la felicidad, más aún cuando sólo es aire lo que abrazo cuando te pienso y cuando bailo contigo en brazos mientras te invento un cuento, como ahora mismo que tus hermanos duermen.
En mis cascos suena Echoes of Velo y mis glúteos se contraen rítmicamente en una conversación privada entre la música y mi cuerpo. Al otro lado del ventanal, frente a mi cama, el cielo está pálidamente iluminado.
Sonrío…
Feliz cumpleluna, pequeña.
Asturias, septiembre de 2026




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