Luna de silencio espeso, de eclipse inevitable, de completa ausencia. Casi atronadora. 

No busco este dolor que acompaña a tu presencia al rescatarla en mi piel y sin embargo insisto hasta que el dolor me atraviesa y mi propia sonrisa reaparece sin excusa en respuesta a la tuya, sin juicio, plácida, entera, sincera.

Hay abrazos aquí que ayudan a disipar distancias. Abrazos que descolocan y al tiempo entroncan mi sentir y enraízan mi estar. Almas de un solo ala que al abrazarse vuelan y que invitan a despojarse de un falso yo de límites ilusorios. En esos abrazos también te toco a ti y a la vida palpitante que vibra en este unísono sin tiempo, incluso al abrigo de la soledad del conticinio ante el eclipse.

Escucho de fondo tamboras, culoepuyas, quitiplás, y el ritmo que invento se torna divertido. Hay bambú a la orilla del río y un molino silencioso; hay flores de Judea y sincronicidades imposibles. Tu calor y tu gorjeo se entremezclan en mi pecho con pálidas pieles negras y diosas calipigias que hacen bailar al mundo para, de pronto, detenerme en el aire sobre el amplísimo mar. Y en esta soledad imposible colgado de una tela, respirando el mar que late abajo y el aire que revolotea y me envuelve como la caricia de una amiga me descubro uno con la vida que bulle bajo la línea del horizonte, una vida que extiende su mirada y sus dedos hacia las estrellas que palpitan invisibles pero presentes tras el velo de un cielo azul. 

La Providencia, mayo 2026

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