Dios es mujer y es agua. Su nombre es Onga. Ella es femineidad y fuente y pasión; es la fuerza imparable de la vida y la potencia del destino; es la todopoderosa calipigia de senos amelocotonados que se entrega apasionada con la misma naturalidad con la que devasta el mundo a su paso.

La voz antigua con la que el hombre primitivo se refería a La Mujer, a La Diosa, era, sí, Onga. No los dulces (o)má u (o)bá, madre o padre, sino el fiero y rotundo sonido nasogutural «onga» con el que se invocaba el rítmico respirar de la vida, con el que se trasmutaba del agua su parir y su fluir y su fuerza al resonar con intensidad su nombre en las paredes pétreas de una cueva, matriz de la diosa misma, fuente de vida y anticipo de dolor y de placer y de todo sentir.
En el corazón de Asturias se conserva una cueva sagrada dedicada a La Diosa de la que brota intensa el agua de la montaña para convertirse en río. Se trata de la Cueva de Onga, la Cova d’Onga, la hoy llamada Covadonga.
Localizada en un entorno absolutamente arrebatador y mágico es este uno de esos lugares que la intuición humana ha considerado sagrado desde siempre y que ahora reconvertido en mito fundador de una nación y en inspiración religiosa de enorme potencia conserva la sacralidad antigua que liga agua y mujer, fuente y vientre, fuerza y dulzura, vida y pasión y bosque y roca y susurro y arrollo; un canto a la Diosa primigenia a la que todavía, tal vez sin saberlo, se venera.
La Cova de Onga, de La Diosa, de La Mujer.


Chema
Covadonga – Infiesto, octubre 2025



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