De alguna manera, para nosotros, esta página es como el espejo mágico de Alicia en el País de las Maravillas. Por eso resultó una tremenda sorpresa que Ana
consiguiera atravesarlo para presentarse en nuestra casina de Cracovia.
Casi no podíamos creer que estuviera aquí, en carne y hueso, y que sintiera la misma calidez de la que os hemos hablado durante todo
el mes.
Sacamos todo el Irán que ella traía en los ojos, lo pusimos en la mesa de algún bar, junto a nuestras aventuras y algunas cervezas
polacas, y nos lo bebimos todo, desde la primera foto hasta la última anécdota.
Nuestra familia adoptiva estuvo encantada con la llegada del nuevo vástago; nos pasearon de museo en museo, nos regalaron otra de sus veladas polacas…
Los días, repartidos entre callejear, charlar y dormir, se escurrieron tan rápido entre
nuestros dedos que apenas la habíamos recibido cuando la tuvimos que despedir.
Poemas persas, barrio judío, desayuno con dátiles, vodka con sabor a cerezas; Lisa Simpson abrazada a su saxofón en algún club, una virgen negra que nadie sabe por qué lo es… 
Casi un sueño, un delirio… para nosotros el mejor regalo.
Fdo: Elisa
Ahora que la furgo ronronea zalamera, invitándonos a seguir viajando, nos despedimos ya, no sin esfuerzo, de Ana, de Tomek y Areta, de Kika, de los críos; de las cervezas de medio litro, de los pierogi, de la trompeta que suena a cada hora; de tantos
amigos y de tantos desconocidos; de la casina, de los clubs de jazz, del barrio judío; de Hofaz y de Rozycki; del tipo que toca el acordeón en la esquina de Szpitalna, de la vendedora de cigarrillos; nos despedimos del muro de los artistas, de los tranvías, de los puestos de kebab, del Rynek que cambia cada día; nos despedimos de las voces polacas, de las canciones
ucranianas y de las fiestas sin motivo; nos despedimos hasta del frío.
El licor de miel y un vodka polaco -creo que de guindas, pero vete tú
a saber- sirvieron para regar ayer la fiesta de despedida "oficial", junto con el "Lácrimas Areta" -un tinto que preparan Tomek y Areta en el patio trasero- y un tempranillo (Valde-no-sé-qué) que encontramos por aquí más alguna que otra botella de cerveza.
Para forrar, además de embutidos varios, patés y otras delicias, tenemos nada menos que casadiellas -unas casadiellas riquísimas que preparó Eli inspirada por
su abuela, y que le salieron para chuparse los dedos de los pies.
Las charlas se alargan, las historias se mezclan, las canciones surgen aquí o allá dependiendo de dónde esté la guitarra que baila de mano en mano; el ruido, las voces y las risas no cesan en toda la noche.
Y sin embargo, precisamente esta noche, resulta difícil evitar que los ojos se nos ahoguen de vez en cuando, con este abrazo, con una palabra, con aquella sonrisa.
Nuestra familia adoptiva nos invita a volver; nos ofrecen casa y nos venden la moto de lo fácil que resultaría para nosotros trabajar aquí mientras nos aseguran que ya se han acostumbrado a tenernos cerca, a vernos llegar desde su ventana, a irse con nosotros de excursión, a pasar alguna que otra tarde de charlas y cervezas.
A nosotros nos pasa lo mismo.
Los vamos a echar de menos.




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