Resulta difícil, casi patético, defender lo sencillo que es encontrar en la emoción humana del amor la ligazón natural y nutritiva entre responsabilidad y libertad. Porque, sí, responsabilidad y libertad resultan inescindibles. Aunque lo cierto es que cuando la responsabilidad no surge de un amor genuino y generoso se transforma habitualmente en carga, en peso o en imposición, aun cuando dicha carga sea autoimpuesta. Y al asumir una responsabilidad impuesta, no motivada por una ética fundamentada en el amor sino en conceptos de orden como justicia o moral, la libertad que se deriva no tiene el mismo aroma, no genera colores tan brillantes, no produce la sensación de plenitud que debe.
Ay.
Sí; el amor, el genuino, el generoso, el valiente, siempre merece la pena.
Después de todo, tanto la justicia como la moral no son sino principios estéticos. Sólo el amor genuino –el honesto, el valiente– es un principio ético completo. El amor incondicional que sentimos por un hijo, por ejemplo, aquel que también sabe medir la urgencia, el que se entrega y al tiempo establece límites y prioridades, el que reconoce al otro como agente antes que como paciente, el sincero, el que es claro cuando expresa intenciones y expectativas, el que no juega a dominar o dirigir sino a mediar con la risa el crecer de ambos, el que invita a volar sin necesidad de inmolarse pero que se inmolaría por el otro si fuera necesario y sin pensarlo, el que reconoce el sufrir del otro sin perderse en él, el que no impone en el otro la carga del propio dolor para dirigir su conducta sino que aprende a compartir también lo que duele para simplemente reconocerse en la mirada ajena, ese amor que se sabe entero es el que transforma el derecho y el deber, la libertad y la responsabilidad en contrarios complementarios de manera natural y sorprendentemente hermosa a nivel personal. La justicia o la moral suponen sustitutos imprescindibles en la medida en la que ese amor no surge o no consigue estar presente de manera espontánea y que nos aproximan a la esencia no del sobrevivir sino del convivir, del vivir-con, del vivir en sociedad o con un otro, en un grupo, nación o familia de manera constructiva y libre.
La escisión en cambio de los complementarios naturales responsabilidad y libertad –o deber y derecho– supone una ruptura radical de nuestro vivir-con, tanto si amplificamos nuestros sentidos del deber y de la responsabilidad hasta convertirlos en cadenas ridículas y extemporáneas con las que nos transformarnos en meras marionetas de un otro, individual o colectivo, como si magnificamos nuestros derechos y libertades hasta desvirtuarlos en caricaturas de sí mismos, devenidos en mero instrumento de satisfacción de caprichos egoístas al albur de las circunstancias en vez de en herramienta con la que sembrar un espacio de felicidad.
Y es que sí, somos islas, islas que convivimos, que vivimos-con, y aún en nuestro aislamiento inevitable impactamos y somos impactados por otros a quienes escogemos o que, la mayoría de las veces, el universo escoge por nosotros. Los contrapesos del derecho y del deber, de la libertad y de la responsabilidad se convierten en esta interacción no evitable en tensiones prácticas y reales que resolvemos con mayor o menor tino en nuestro día a día, entre naciones o entre individuos. La forma de resolver estas tensiones y los principios que escogemos para hacerlo nos definen y nos construyen, día a día, a partir de cada una de nuestras más nimias acciones y decisiones.
Las Rozas, abril 2026
Imagen de portada La Gran Ola de Kanagawa, de Katsushika Hokusai, 1830
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