Nel mezzo del cammin di nostra vita mi ritrovai per una selva oscura, ché la diritta via era smarrita.
(…) Y finalmente, Dante y Virgilio y con ellos yo mismo salimos del Infierno.
Es esta una mañana invernal en la que el sol, brillante, apenas logra reducir un ápice el intenso frío. Levanto la vista y apoyado en un banco de roca desde el que doy la espalda al murete del cementerio de San Salvador de Gobiendes que mira al sur, tras del cual sobresalen varias cruces de piedra que estiran sus cuellos como queriendo asomarse para mirar también, cierro el libro del florentino con su verso final aún resonándome de manera intensa;
E quindi uscimmo a riveder la stelle.
(Y entonces salimos para ver de nuevo las estrellas)
Sí. Recién terminado el viaje el cuerpo vuelve a contarme con sensaciones su historia, su estar. Me empapa con su frío y su entereza al incorporarme mientras mis ojos me muestran un cielo despejado y montañas de fondo que lo enmarcan y un puñado de casas arracimadas que cuelgan un poco más allá, entre el verde, bajo mis pies. Escucho pequeños pájaros que trinan, indiferentes o tal vez contentos, y el sonido de una leve brisa al hacer temblar las hojas de un árbol cercano que también siento con la piel al rozar mis sienes y mis manos como la fría caricia de un manto vivo e invisible que mariposeara dando forma y consistencia al mundo tangible que con su existencia conecta. Me llevo a la boca un último sorbo del café que ya no humea desde su vaso de metal, compañía de lecturas y aventuras, y respiro, de nuevo consciente de dónde estoy, con los dedos ateridos, recién salido del infierno; de nuevo bajo estrellas que intuyo tras el azul.
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Gobiendes, enero de 2025




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