Hogar no es necesariamente una ubicación, un refugio, un sitio al que volver. No es seguridad, apoyo, comprensión, presencia, aunque siempre ayuden. Sin duda no es conformidad, mero agradecimiento o simple reconocimiento y tampoco es sublimación. Y no, hogar no es tranquilidad y en absoluto es paz, por muy bien que estas sienten. O lo es, pero de una cualidad muy diferente. Hogar no es compromiso ni capitulación. Tampoco es cama o calefacción, conversación, almohada o coincidencia, aunque casi siempre sumen.
Hogar es simplemente algo que si uno tiene suerte encuentra. Y cuando lo encuentra uno sabe con todo su ser que por fin está donde realmente debe estar; lo sabe con cada fibra de su cuerpo, con cada señal del universo; las tripas aúllan «sí» sin lugar a duda y los sentidos se desbordan igual que las ganas, la ilusión y la sensación de que el mundo entero gira alrededor de este instante preciso. Y cada vez que uno regresa a ese hogar, una y otra y otra y otra vez vuelve a encontrarse con la misma inquebrantable e innegable realidad.
Y asusta. Asusta la intensidad, asusta la dependencia, asusta la necesidad y asusta el deseo. Asusta saberse uno mismo todo el hogar que uno precisa y asusta no llegar a ser suficiente para preservar este que no es solo de uno. Asustan las expectativas. Asusta el eco aterrador con el que aquí resuena cada error, cada falla. Asusta la imperfección del propio reflejo que se multiplica en contraste con la perfección de sus formas. Asusta la efimeridad, su fragilidad. Asusta sentirnos desbordados y que su mera existencia nos haga temblar.
A veces es más fácil vadearlo, negarlo o quebrarlo. Huir proporciona más paz que volver a él y enfrentarse al miedo y a las propias limitaciones. O una paz diferente, solitaria, equilibrada y serena. A veces, tras encontrarlo, nos convencemos de que este hogar es mero espejismo, una aventura sin fundamento, una emoción exagerada, una casa sin cimiento; algo irreal, un regalo del que nos desprendimos, una caída en el camino. Nos cargamos de razones o de amenazas para no regresar y nos refugiamos en la tribu, en las redes que tejemos para no estrellarnos sin percibir que nuestras alas perecen enredadas, adormecidas entre sus nudos. A veces simplemente destruimos el hogar hallado con torpeza, con inconsciente saña, por sobreprotegerlo, por posponerlo, por descuidarlo o sencillamente porque debemos irnos. Sometida la pasión de Ícaro evitamos las alturas ante el dolor proyectado y tomando distancia sentimos que todo vuelve a estar en orden. Aunque tal vez, sí, tal vez falte algo.
Ay, hogar también es ese lugar del que muchas veces uno sale malherido, ese sitio tan próximo al torbellino que basta un mal pie para salir despedido, ese lugar al que muchas veces uno no se atreverá a volver o al que simplemente no querrá volver; se convencerá de que no necesita, que no desea y acallará tripas y ensordecerá cantos y campanas, lobos y mariposas, encontrará tal vez compañía e impondrá un silencio arropador de calor y paz predecibles que no siendo hogar podrá quizá parecerlo.
Ay. Y sin embargo…
Hogar es quizá un beso en una botella, una mesita sin casa, un río que canta en el interior de una cueva; hogar es tal vez aquella mirada sonriente, una sartén con toalla, una mochila en la espalda.
Hogar es siempre pasión compartida, es sorpresa y es tormenta en el cielo; es acorde y melodía y es destino. Hogar es una mariposa que vuela y un lobo que aulla y una luna que ríe sobre la lluvia. Hogar es el ojo del huracán, la cresta que no cesa de una ola sin playa, aquella pared escarpada que sabe a viento y vacío.
Hogar es vértigo, es no hacer pie y que no importe. Hogar es ese sitio donde uno crece y se transforma con cada espiración. Hogar es ese sitio donde uno sabe que debe estar, que quiere estar, que por fin está.
Sí; hogar es algo que si uno tiene suerte encuentra.
Yo, yo encontré mi hogar en un abrazo perfecto.
Y lo perdí.
Chema Nieto Cangas de Onís, octubre 2025





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