“De qué callada manera se me adentra usted sonriendo”, susurraba Nicolás Guillén como hablando con alguien.

“Ay”, gemía Borges al escucharle; “Me duele una mujer en todo el cuerpo”.

Entonces Camus, como despertando de un sueño, recitaba: “En medio de las lágrimas descubrí que había, dentro de mí, una sonrisa invencible. En medio del caos descubrí que había, dentro de mí, una calma invencible”. Y exhalaba quedamente tras el último invencible, haciendo que el aire vibrase levemente ante sí.

Recostados los tres sobre un banco, cual musas de Reynolds en su Interludio, palpitaba en sus rostros, tal vez por un instante, una mueca divertida.    

Interlude, de William S. Reynolds

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