¿Pueden las neuronas motoras en el cerebro iniciar un movimiento directamente?

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Pues sí, y resulta no poco sorprendente.

Las experiencias de Wilder G. Penfield al estimular eléctricamente el cerebro de pacientes despiertos resultan reveladoras en este sentido -y algo inquietantes.

La estimulación directa de neuronas de la corteza motora provoca, por sí misma, movimientos específicos

En un experimento Penfield abría literalmente el cráneo de sus pacientes (era un neurocirujano, sabía lo que hacía) y estimulaba directamente distintas áreas de la corteza cerebral. Los pacientes, que se mantenían despiertos durante esta estimulación eléctrica, podían identificar y referir sus propias sensaciones asociadas a dicha estimulación (cabe decir que los pacientes no notaban la propia estimulación eléctrica ni que alguien «tocaba» físicamente su cerebro ya que el cerebro «no duele» ni tiene sensibilidad él mismo).

Así, la estimulación de la corteza temporal, por ejemplo, se seguía de la aparición de recuerdos específicos, sensaciones, emociones y hasta olores que los pacientes de Penfield relataban sorprendidos por la intensidad y aparente sinrazón de un recuerdo que para ellos resultaba repentino y sorprendentemente vívido, en general relativo a alguna experiencia lejana de la que hacía tiempo no se acordaban.

Cuando en este contexto Penfield estimulaba áreas correspondientes al giro precentral los pacientes realizaban movimientos físicos en respuesta, movimientos de grupos musculares específicos en función del área estimulada -lo que responde a la pregunta original; sí, la estimulación de neuronas de la corteza motora provoca movimientos específicos, directamente y por sí misma.

De esta manera, estimulando distintas áreas de la corteza motora y sensitiva (los giros pre y postcentral) y anotando las respuestas físicas de sus pacientes fue como Penfield pudo «dibujar» su famoso homúnculo, que es la imagen o el «mapa» (en volumen de corteza implicada y ubicación) que el cerebro tiene del propio cuerpo, tanto en la corteza sensitiva (homúnculo sensitivo) como en la corteza motora (homúnculo motor). Fijaos por ejemplo en el enorme volumen de la mano de ese homúnculo, y particularmente en la desproporción de los dedos, lo que traduce el gran volumen de corteza cerebral implicada en su control.

Lo curioso de los movimientos-respuesta de los pacientes de Penfield no era sólo el hecho de que el paciente moviese un brazo o el cuello en respuesta a la estimulación eléctrica de un área cerebral específica, sino las explicaciones que daban los pacientes a sus propios movimientos automáticos fruto de dicha estimulación eléctrica;

  • [Estimulación eléctrica y movimiento cervical automático consecuente]
  • ¿Por qué acabas de girar el cuello?
  • — Creí oír un ruido allí
  • [Nueva estimulación eléctrica en la misma zona y movimiento cervical automático consecuente]
  • —¿Por qué has girado el cuello ahora?
  • —Para estirarme un poco
  • [Nueva estimulación eléctrica en la misma zona y movimiento cervical automático consecuente]
  • —¿Y ahora? ¿Por qué has vuelto a girar el cuello?
  • —Porque me apeteció, sin más. ¡Deje de preguntarme lo mismo una y otra vez!
  • (…)

Una más de las sorprendentes evidencias que los experimentos de Penfield nos han dejado es que nuestra «mente consciente» es una máquina generadora de explicaciones sobre nuestro propio comportamiento; nos cuesta mucho trabajo admitir que nuestra actividad mental o física podría no estar mediada por nuestra «voluntad» y así generamos explicaciones, con mayor o menor grado de plausibilidad, sobre cualquier comportamiento propio ¡incluso cuando tales acciones son respuestas automáticas a la estimulación eléctrica directa de nuestra corteza motora!

Homúnculo de Penfield

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