<< ¿Qué es la precognoscencia? >>
Hace años, cuando aún no existían ni los teléfonos móviles ni Internet, el teléfono de casa comenzó a sonar mientras mis padres, mi hermano y yo leíamos en la mesa del salón. Mi madre dio un salto anormal al oír el teléfono y lanzó un grito de alegría. Mientras se dirigía, apresurada, a la mesita donde estaba el teléfono, iba hablaba sola aunque en voz alta; «¡Hace más de veinte años que no sé de ella! ¡Marga! ¡Es Marga! ¡Qué alegría más grande!». Y al descolgar el teléfono simplemente continuó su conversación; «¿Sí? Ay, Marga, no sabes qué alegría más grande es oírte (…)». Cuando la cuestionamos más tarde mi madre aseguró que nadie le había hablado de ella previamente ni le habían advertido que podría llamar. Como tantas otras veces le había ocurrido, simplemente «supo» quién llamaba al oír sonar el teléfono.
La precognoscencia hace referencia a la capacidad de tener precogniciones, de reconocer un suceso futuro en el momento presente, a la capacidad de saber lo que va a ocurrir antes de que suceda y mediante un conocimiento no deductivo, no basado en nuestra experiencia sensitiva y por tanto no explicable sobre la base de nuestro conocimiento actual.
Las experiencias anecdóticas en este sentido son múltiples y transculturales, aunque todos los intentos por sistematizar o identificar en contextos controlables estas experiencias han dado resultados negativos. Esto significa que a pesar de las numerosísimas experiencias que apuntan a la posibilidad de que pudieran darse condiciones psicológicas que, en combinación con sucesos relevantes, impactantes o especialmente emocionantes, podrían facilitar, permitir o provocar precogniciones, no conocemos ni hemos sido capaces de reproducir estas experiencias en entornos controlados. Tampoco con gemelos, que suelen describir un vínculo especial que les permite saber cuándo el otro hermano se encuentra en dificultades. Probablemente porque es difícil reproducir una situación igual de emocionante en un contexto controlado. Y probablemente también porque es difícil conseguir un estado de no expectativa, de ausencia de «interferencia consciente» en un entorno de investigación. Aunque tal vez tenga mucho que ver también el poderoso efecto de un acierto azaroso sobre una base de múltiples y falsas precogniciones.
En fin, las precogniciones son una de esas experiencias que desde un punto de vista físico son simplemente imposibles y que, sin embargo, como las meigas, haberlas, haylas. Ahora bien, antes que expresión de una intelección «telepática» o como anticipación consciente de un suceso futuro, cabría explicar este tipo de experiencias -en ocasiones al menos- como una deducción basada en un sinnúmero de conocimientos, conscientes y no conscientes, que somos capaces de integrar en una chispa deductiva y que racionalizamos como una intuición precognoscitiva. Algo parecido a lo que le ocurre a alguna gente cuando ve un problema matemático y es capaz de visualizar la solución, sin ningún tipo de ejercicio consciente o explicación de cómo ha llegado a tal conclusión. O como la experiencia del químico Kekulé, quien describió cómo soñó una noche con el ouróboros, la serpiente que se muerde la cola, y despertó inmediatamente «sabiendo» que la estructura del benceno, que no conseguía resolver, debía estar formada por un anillo.
Sea cual sea la explicación, lo cierto es que las anécdotas al respecto resultan increíblemente sugerentes. Un ejemplo personal adicional, aunque tampoco sea exactamente una precognición. Me contaba una anciana señora cómo una noche, dando su paseo habitual antes de la cena, «vio» en el cielo la imagen iluminada del rostro de su hermana y «supo» inmediatamente que ésta había muerto. Recibió aquella «noticia» con pena pero sin angustia, e informó a su familia, que no le hizo mucho caso. Meses después de aquel suceso llegó una escueta carta desde el otro lado del Atlántico que contaba cómo su hermana, emigrante en Sudamérica, había fallecido la misma tarde, meses atrás, en la que ella había visto su rostro en el cielo español.
Con respecto a mi madre, al marchar mi hermano y yo de casa resultaba frecuente que nos llamase con franca preocupación por algo completamente irreal. Y sin embargo, seguía acertando con inquietante exactitud en cosas de las que no debería saber nada y que, inmediatamente o más tarde, se demostraban ciertas. Con el tiempo conseguimos que diferenciase sus preocupaciones y sus miedos de aquellas otras intuiciones que realmente sugerían un conocimiento difícil de explicar. Y es que sus falsas intuiciones siempre se acompañaban de una enorme carga de angustia, de ansiedad y de preguntas adicionales que inevitablemente se hacía y que no podía responder, mientras que sus intuiciones atinadas las experimentaba con pena o con alegría pero como hechos ciertos, inexorables, igual que cualquier otra experiencia perceptiva «normal».





Puedes comentar aquí