Un pedazo de pan de misa reposa en cada plato. Todo está dispuesto con esa elegancia sin ostentación; velas, ramas de pino, platos de varias vajillas -que somos muchos-, un ramillete de muérdago que te apremia a besar a los que quieres, un árbol de más de cuatro metros presidiendo la entrada. Hoy cenamos con los padres de él; mañana comen con los de ella. No es tan distinto, ¿eh?
Un plato vacío simboliza la hospitalidad; cualquiera que venga será bien recibido: es Navidad.
Antes de empezar, a cumplir las tradiciones; cada uno toma el pan de misa de su plato e intercambia un trocito con todos los demás, uno a uno, dedicando ese minuto en exclusiva para darle sus mejores deseos, todo su amor. Apenas un minuto para cada uno, para esa mirada personal, para ese afecto dirigido.
La sensación era tan cálida, tan familiar, que nos sentimos cohibidos, e intentamos dejarles intimidad. Pero pronto toda la familia desfilaba entre nosotros para tratarnos del mismo modo y darnos todo su cariño.
En el mismo ambiente familiar, casi sobrio, comienza la cena. Nadie ha comido en todo el día. El trabajo ha sido duro y están hambrientos, pero no se abalanzan; se respira un respeto profundo.
Se sirven doce platos, nos dicen, en honor a los doce apóstoles, aunque algunos son simbólicos y se comen juntos y todos son muy sencillos.
Empezamos por un caldo suave de verduras y setas, el primero. Se le echan patatas cocidas y hacen dos. Otro caldo típico, de remolacha, tres, que con pierogi -pequeños tortelini rellenos de verduras- hacen cuatro. Ahora un plato único, olvidado ya, especialmente preparado por la abuela de Areta para esta noche; fabes de granja con higos. Llevamos cinco. ‘Kapuska’; repollo con alubias blancas y zanahoria, cocinado con vinagre. Van seis. Pepino crudo para acompañar, siete. Suma y sigue. Carpa al estilo Judío; pescado frío con gelatina y verduras, delicioso; ocho. Contad conmigo. Ensalada verde, nueve. Carpa frita con rebozado dorado y crujiente, diez. Y por fin los postres. Dos tipos de tarta, una de chocolate y otra de nuez, hechas con semillas de amapola, que están de muerte y que hacen el once y el doce.
Apenas hemos terminado y los niños salen disparados hacia el árbol; los regalos ya están allí. Como locos empiezan a leer los nombres de los paquetes y a describir su forma y tamaño a todo el mundo. De pronto Gabriela grita ‘Chema y Elisa’, y nos acerca un paquete multicolor. Los adultos sonríen y bajan la cabeza. Nosotros no sabemos donde meternos. Es un libro de Cracovia, una auténtica joya; la fotografía es increíble; mapas y dibujos que casi te cuentan la historia por sí solos.
En fin, que estamos emocionados, y de pronto suena el timbre. Pasos apresurados, ladridos de Kika, y otras siete personas que se abalanzan al salón armados de flautas y cerveza y cantando villancicos…
Julia tiene una voz increíble; la ha heredado de su madre. Estudia dirección de orquesta. Su padre, actor retirado, la mira embobado y le hace los coros. Habla con nosotros en un inglés perfecto, casi teatral. Y entre historias y risas cantamos, charlamos, brindamos…
Chema se hace al fin con una flauta y nos arrancamos por populares; allá van ‘veinticinco de diciembre’, ‘Asturias patria querida’, ‘pero mira cómo beben’ y hasta ‘las muñecas de famosa’. Luego a su casa, aquí al lado, a seguir la fiesta.
Bailamos todas las danzas populares que Julia es capaz de recordar, y os aseguro que son muchas. Comemos de nuevo, más pescado estilo Judío: receta especial de la familia que llevan veinticinco años preparando y año tras año no se ponen de acuerdo en su composición.
Probamos el vodka a pesar de las advertencias, pero allí donde fueres… ya sabéis.
En fin, que llegamos a casa satisfechos y exhaustos, con más amigos y cada vez más enamorados de Polonia.
Feliz Navidad.




Puedes comentar aquí